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lunes, 11 de diciembre de 2017

Tarde para la ira. (Raúl Arévalo, 2016)

Me cae bien Raúl Arévalo porque sabe dónde pone los pies, es un tío sencillo que siempre va ligero de equipaje en cada trabajo que realiza y que no hace ínfulas de nada. Ya como actor tiene demostrado que salta de papeles cómicos e inquietos a otros más taciturnos con una facilidad y credibilidad pasmosa. Como director, debuta con ese mismo carácter, muy firme en lo que propone y con unas ganas tremendas de contar bien la historia que quiere contar. Sin complicaciones ni enredos, sirviéndose de lo que ha podido aprender de gente como Alberto Rodríguez o Daniel Sánchez Arévalo. 

Digo que el director sabe en qué terreno juega cuando noto que la película vira entre 'Un día de furia', de Joel Schumacher, y 'Collateral' de Michael Mann, mejorando a la primera y haciendo el mismo uso de la tensión con estallido final de la segunda. Por supuesto, impregna su propio nervio, y es muy consciente de que esto no es Hollywood. A partir de esa modestia y esa honestidad consigo mismo, sabe arrancar un thriller sucio y tenaz que se suma a una buena lista de títulos españoles contemporáneos con los que es imposible no querer dar un bofetón a todos aquellos que afirman con rotundidad que el cine patrio es aburrido o que se obceca siempre en los mismo temas.


Del apartado interpretativo, Antonio de la Torre y Luis Callejo conforman un incómodo dúo con el que espectador se ve obligado a empatizar, pese a que el primero es un antihéroe con muchas sombras y el segundo es un tipo misógino y amargado que se ve atrapado en una serie de sucesos provocados en parte por su propia vileza. La narración logra que tengamos con ellos una relación de amor/odio, y nos coloca varias veces en la piel de quien ha cometido actos muy cuestionables. No es que queramos salvarles de sus propios errores del pasado, es que el guion nos lleva a vislumbrar que detrás de todo lo malo y negro de cada persona hay un ser humano imperfecto.


La película es un éxito en los sentidos en que he explicado, pero descuida algún que otro aspecto técnico. Sobre todo en la parte del sonido. La vocalización de algunos actores, sobre todo en los susurros, es inexistente, y es algo que me saca de mis casillas. Aún queda mucha tarea en nuestra industria en cuanto a querer marcar el acento de barrio o de clase baja, y permitir al espectador entender los diálogos. Y quizá la sorpresa final que se reserva la película tiene algo de previsible, aunque ese momento se resuelva de manera diligente. Pero en conjunto es un debut muy serio, muy a tener en cuenta. Habrá que ver si Raúl Arévalo es capaz de mantenerse tan firme como director como lo ha sido como actor. 

7,75/10


lunes, 4 de diciembre de 2017

Asesinato en el Orient Express. (Kenneth Branagh, 2017)

Curioso nuevo acercamiento a la novela de Agatha Christie bajo la mirada vodevil de Kenneth Branagh, quien se sitúa en el centro justo de toda la atención de una obra fabricada con mucho amor, tanto propio como a la propia obra que adapta, con un toque moderno, un esmero notable en tender un escenario con carácter propio, y rodeado de una corte de estrellas que saben enmarcarse perfectamente dentro de la función.

La película es ligera y agradecida de ver. El misterio del asesinato al que alude el título se va descifrando a través de las conversaciones con los distintos pasajeros. Conversaciones que se transforman rápidamente en interrogatorios, los cuales son uno de sus principales atractivos. La narrativa fluye en ese sentido, pues la búsqueda de pistas y el método detectivesco quedan relegados a un segundo plano. Es la exposición de los hechos, las divagaciones del protagonista Hercules Poirot y sus encuentros con los viajeros lo que hace fluir con bastante encanto y buen gusto una película también satisface sin disimulo el ego interpretativo de su director.

No es una película que añada nada nuevo al género de intriga. Utilizando recursos teatrales apoyados en un uso acentuado de la fotografía en el propio escenario y en matizar particularidades identificables de cada personaje, no se sale de las normas más clásicas de la narrativa audiovisual. Con una pulcritud por las formas escrupulosa, dentro de esa pretenciosidad por resultar único y fascinante que caracteriza a Brannagh. Pues eso, que no viene a descubrirnos nada, aunque nos resulte simpático y toda la película ruede sin brusquedad y sin atragantamientos. Como punto postivo, su interpretación del detective belga está contenida y el resto del reparto saben hacerle el contraataque.


Es una película agradable de ver, simpática, no supone revolución alguna aunque el autor se empeñe en ello, pero en un contexto de thrillers que se obzecan en el detallismo, el análisis y la necesidad de dejar cada milímetro del misterio bien explicado, se agradece una película policiaca tan desenfadada como ésta. 

6,75/10


lunes, 27 de noviembre de 2017

Inferno. (Ron Howard, 2016)

Si la primera parte de esta trilogía me resultó soporífera y con un ambiente eterno de anticlímax, y la secuela 'Ángeles y demonios' remontaba el vuelo gracias en gran parte a un mejor ritmo y a centrarse en el puzzle general en vez de en sus piezas, esta tercera parte de las hazañas de Robert Langdon mezcla lo peor de las dos anteriores: tramposa con descaro, predecible, y un tempo descontrolado y sin manos firmes al timón.

Por ser suave, la película carece totalmente de ganas. La gente involucrada en ella, tanto en el plano técnico como artístico, funcionan de manera mecánica y por inercia, se les nota ansiosos por hacer rápido el trabajo y ponerse a cosas más interesantes. Dos ejemplos: Tom Hanks se tira toda la película con una cara que pretende fingir un pensamiento constante de "qué demonios hago aquí metido"; y la banda sonora de Hans Zimmer, que parece delegar funciones en su becario porque aquí no hay nada nuevo que aportar ya. La trama ni se molesta en dotar de misterio al asunto más puramente detectivesco y usa patrones propios de TV Movie para moverse en el plano de la intriga. En serio, qué poquito esfuerzo hay metido en ella, todo va a remolque.

Y que después de dos películas todo se vea tan rutinario, tan perezoso y con tan pocas ideas nuevas, da para pensar que esta franquicia no tiene ya por dónde ir. Se ampara en incongruencias, en exageraciones, se sabe desde el primer momento por dónde van a ir los tiros, y ni siquiera sabe sacar provecho de las localizaciones. Es que ni siquiera deja entrever algo de estilo de un director que a priori tiene nombre suficiente para considerarle artesano en esto del séptimo arte. Parece un recién llegado de la escuela al que le han dado un encargo con el que meter el pie en la industria mientras su cabeza está en otros proyectos.


Giros sin sorpresa y narrativa arrastrada y desganada. Eso en una aventura de misterio es meterse un tiro en el pie antes de comenzar una carrera. La fuente de la que parte, la literatura de Dan Brown, pecará de las mismas trampas, pero al menos sabe mantener la atención del público. En cambio, Ron Howard lo que ha hecho con esta película es invitarte amablemente a que te eches la siesta.

3/10


jueves, 16 de noviembre de 2017

Ángeles y demonios. (Ron Howard, 2009)

Una de las películas de gran presupuesto más aburridas que he visto en mi vida es 'El código Da Vinci'. Teniendo en cuenta el material del que parte, la obra de Dan Brown daba para, al menos, sacar una adaptación entretenida y que pudiera mantener la tensión y el misterio sin demasiadas complicaciones. Pero Ron Howard no logró más que una película con aliento a sobremesa dominguera que invitaba a echarse una buena siesta. Esta secuela mejora bastante el ritmo y da más alas a la intriga, se enfoca más en resolver el puzzle que en las piezas individuales de éste, principal error de la primera, y aprovecha mucho mejor al reparto de actores que tiene dentro.

Tampoco nos volvamos locos. Es una película que no arriesga y que tras el desastre de su antecesora va a lo seguro. Logra el entretenimiento y la atención gracias en gran parte a que no se para ni un segundo, cada pista hallada es rápidamente descifrada para que la resolución de los enigmas siga su cauce. También se quita la losa del reposo que tenía 'El código Da Vinci', que se pausaba para la meditación de cada cachivache, figura o elemento a descifrar con bastante torpeza. En 'Ángeles y demonios' todo se resuelve de manera más rápida, y no importan tanto los pequeños detalles como la magnitud de todo lo que conforman. En definitiva, no peca de sabelotodismo ni pretende ser un documental de canal de pago, y enfoca sus esfuerzos en usar los artilugios sin necesidad de sobreexplicarlos. 


También es mejor película debido a la mayor implicación de los actores. Tom Hanks parece esta vez más interesado y cómodo con su Robert Langdon que antes, y el entusiasmo de Ewan McGregor es un alivio que se aleja de la sobriedad y prudencia con la que el equipo artístico de 'El código Da Vinci' llevaba a cabo su labor. El hecho de que Ron Howard se haga consciente de que no tiene en manos una película tan relevante como lo que en aquella ocasión pretendía es otra pequeña ayuda a que tenga más libertad para sacar adelante lo que en todo momento debería haber sido esta saga: cine de entretenimiento y misterio tramposo pero con saltos de fe asumibles por parte del espectador.

Vamos, que la película me ha gustado, en parte porque resuelve problemas de 'El código Da Vinci' y en parte porque las expectativas que generaba aquella son superadas con facilidad. Esta vez sí que compro lo que me ofrece.

6/10


jueves, 26 de octubre de 2017

El club de la lucha. (David Fincher, 1999)

Posiblemente, una de las películas más malinterpretadas de la historia, sobre todo por el sector más macho de la audiencia. Quién podía pensar que esta fábula violenta, nihilista y con aparente misoginia, protagonizada por hombres insatisfechos con sus vidas y con el papel que desempeñan en la sociedad y con conductas protofascistas, y con diálogos que recuerdan a Nietzsche, trataba en realidad de la fragilidad de la masculinidad, de la bajada de pantalones que supone el capitalismo y el consumismo por parte del ser humano hacia las corporaciones, y de la necesidad permanente de tener un guía, un maestro o un líder.

'El club de la lucha' pone el interrogante sobre la edad adulta, sobre el estado de inanición en el que los hombres entran cuando abandonan el nido materno y deben afrontar sus vidas. O yendo a lo simple, la película habla sobre ser un bala perdida, con deseos y proyectos incapacitados e inacabados, y sobre lo fácilmente que se cae en las redes de quien te ofrece un camino, una meta o un propósito. Por eso Tyler Durden es tan atractivo a ojos del prtagonista que, a falta de un nombre definitivo, se pasa a denominar Jack. Porque por peligroso que sea, por radical que sea su estilo de vida y su discurso, le está llevando de la mano, como si fuera el niño pequeño que nunca deseó dejar de ser, a tomar las riendas de su propio destino. Y por eso la figura femenina de la historia, Marla Singer, supone un escollo en el "camino del héroe" hacia su cima, pues el amor y la feminidad no tienen cabida en un mundo donde solo pueden triunfar los más fuertes o, qué demonios, los más machos del corral. Claro que todo este mensaje masculinista se narra de forma burlona hacia el propio género masculino. 


Tema aparte, la película tiene patente de autor, pues David Fincher impregna su característico estilo videoclipero, de pulso acelerado y marcado, y con tono sucio y quebrado durante todo el film. Logra crear un film clave en la transición de siglos, con un propósito firme de levantar ampollas, ser irreverente y resultar sadomasoquista. A través de una historia sociópata y con apología al terrorismo, transmite el mensaje contrario, una sátira que evidencia con contundencia la debilidad que las conductas violentas esconden detrás de sus máscaras. Y cuenta con un trío de ases en la interpretación (Brad Pitt, Edward Norton y Helena Bonham Carter) que captan esta lógica a la perfección y saben entregársela a la audiencia. Al menos al sector del público más capaz puesto que, insisto, es una película que se ha malinterpretado de forma interesada por aquellos hacia los que el film trata de señalar.


Alucinante y brillante, dura e incendiaria, es una de mis películas favoritas, muy buena adaptación de la novela de Palahniuk, y que, pese a que la primera regla del club de la lucha es no hablar del club de la lucha, da mucho pie para hablar de ella. 

9,25/10


viernes, 11 de agosto de 2017

El caso Slevin. (Paul McGuigan, 2006)

La propuesta de 'El caso Slevin' es de esas que me enganchan rápido a cualquier película: un laberinto con sorpresa dentro que se toma en serio a sí mismo pero que se cuida de seriedad innecesaria. Un thriller de dialéctica casi poética entre matones y mafiosos locales, con una puesta en escena estimulante, un reparto que calza sus zapatos tal como si estuvieran diseñados únicamente para ellos, y una trama disfrazada de absurdo que va deslizándose poco a poco en una compleja historia de venganza.

Pero por favor, hablemos de Josh Hartnett. Porque entre peces gordos de la interpretación donde tenemos a Morgan Freeman, Sir Ben Kingsley, Stanley Tucci, Lucy Liu y Bruce Willis, uno de los actores que más proyección tenían hace una década se mueve como pez en el agua. No solo eso, les roba las escenas. El personaje de Slevin es un puto canalla, un sinvergüenza, un bocachanclas y un buscalíos irremediable. El bueno de Josh se mete en el papel de pleno, se disfruta a sí mismo, y logra química con cada uno de los compañeros de oficio que tiene asignados, y son ellos, los de talla grande, los que se amoldan a él, y no al revés. La picardía que le echa frente a estos tipos es de tener unos huevos enormes. No entiendo cómo un actor que tenía tal empuje ha acabado diluyéndose en producciones de poca monta y sin apenas relevancia actualmente. Es ilógico que un tío que también demuestra su faceta dramática en 'Black Hawk derribado', en definitiva, un tío que vale para mucho más que conformarse con serie B o un papel destacado en 'Penny Dreadful', no haya tenido la progresión de carrera que se esperaba de él. El talento y el carisma los tiene.


Centrándome en la propia película, tiene los ingredientes propios del cine de ladrones de Guy Ritchie, sin necesidad de volverse tan estilizado o con un sello de autor tan marcado, y un humor cercano al de las pelis de Edgar Wright, obviando el frikismo que éste somete a sus creaciones. Las escuetas pero letales dosis de violencia pueden rememorar al Scorsese menos frenético, y el montaje narrativo que sirve para ocultar todo el pastel que hay detrás de una historia aparentemente simple podría haber sido facturado por el principiante Nolan de 'Memento'. Pero ninguno de esos autores es el responsable de 'Lucky Number Slevin' (cómo mola el puto título original, coño), sino que tenemos a Paul McGuigan, director de varias mediocridades de aúpa, más destacado por haber dirigido varios episodios de la serie 'Sherlock' que otra cosa. No es un tipo de renombre, vamos, pero aquí demuestra tener escuela y capacidad. Hay tíos en el mundo del cine que me caen bien por no querer ser nadie y simplemente se dedican a su oficio. McGuigan pasa a formar parte de esa lista. 


En fin, recuerdo que la vi en el cine después del instituto, sin tener aún ni puta idea de cine y sin saber a qué me enfrentaba, y salí muy sorprendido. El tiempo ha colocado a la película en una merecida categoría re revisionables cada cierto tiempo, sin que pierda chispa. Es entretenida, es chula como ella sola, te dejas llevar por los personajes, cero pretensiones ombliguistas de autor. Simplemente una película con suficiente estilo para tenerle respeto y que hace pasar un rato muy divertido. 

7,5/10


martes, 9 de mayo de 2017

El círculo. (James Ponsoldt, 2017)

Película de narrativa torpe y perezosa donde las haya. Tiene una idea potente con la que no sabe jugar y un elenco al que saca muy poco partido. Desaprovecha oportunidades de contar una historia decente como las grandes marcas de supermercados desaprovechan kilos y kilos de comida no vendida. Y la sensación continua que te deja de malestar o incomodidad tiene que ver más por sus incontroladas exageraciones que por la ejecución de su malogrado ejercicio de tensión.

Mal partimos con una obra que se adentra en el terreno de la distopía si todos los personajes que van apareciendo son altamente estúpidos y obvios. Desde la protagonista, una Emma Watson que empiezo a pensar que no es tan buena actriz como creemos, y que encarna a una muchacha que empieza a formar parte de la "secta" en la que todos sueñan con entrar, hasta Tom Hanks, que está ahí para cobrar el cheque y luce desinteresado, ofreciendo un papel de emprendedor multimillonario de formas agradables con evidentes planes maquiavélicos, Por no hablar de que el personaje de John Boyega aparece para absolutamente nada, excepto para poner cara de escéptico en las escenas clave. Me cuesta mucho creer que según la trama avanza no se profundice en el cuestionamiento ético por parte de nadie, y que cuando llega algún personaje capacitado para hacerlo el guion se olvide de él. En general, la película va dando palos de ciego, tanteando varios temas y reflexiones que según los va tocando, se aleja de ellos, y me deja una sensación de inconformidad enorme. Es como enseñarle a un niño sus regalos de navidad y llevarle después a devolverlos a la tienda.


La película es muy blandita y muy blanca, es fría y distante, no se atreve a emitir juicio contundente por sí misma, y el juicio que deja en manos del espectador está condicionado al no dotarle de variantes y ofrecerle apenas una alternativa. Todo es obvio y repetitivo, es una lección aburrida de ética del mundo moderno, llena de discursos deshumanizados, y se pierde en las formas en que pretende hacer denuncia. Y su intento de exagerar queda truncado cuando pierde racionalidad. No sé hasta qué punto pretende ser sarcástica dibujando la sociedad que presenta como meros esbirros del sistema y ciegos de fe haciendo culto a la compañía que da título a la película, pero desde luego no lo logra. Para terminar de rematar la función, el final es resultado de poco trabajo en el guion, es abrupto, y recurre a repetir en voz alta lo que ya se está viendo en pantalla. Da la sensación de que guionista y director no sabían por dónde tirar, y terminaron el trabajo de cualquier manera, y los de edición y montaje hicieron un rápido corta pega. 


Una película de drama fácil, predecible, que desenvuelve ideas que luego deja tiradas, que se olvida del núcleo de la historia (la vulnerabilidad de nuestra privacidad en pos de los avances informáticos y tecnológicos), y que parece llegar varios años tarde, lanzando un mensaje del que todos somos conscientes ya y del que a estas alturas hemos podido tener reflexiones mucho más interesantes y serias.

4/10


martes, 21 de febrero de 2017

Sicario. (Denis Villeneuve, 2015)

Tocaba ponerse las pilas con Denis Villeneuve, uno de los autores más fructíferos y atractivos actualmente, y me demuestra su asombrosa polivalencia para contar historias de cualquier género, además de corroborar su talento visual y su nervio latente para fabricar escenas vibrantes y tensas. El límite de la ética, la disyuntiva sobre quién tiene menos escrúpulos, si los villanos o quienes se enfrentan a ellos, y el regreso a los terrenos más oscuros y pantanosos del ser humano vuelven a ser parte del sello del realizador canadiense. 

El arranque es estremecedor. Asistimos desde la competente pero aún inocente perspectiva del personaje de Emily Blunt al súbito impacto que produce una aterradora recopilación de cadáveres, los cuales están escondidos tras las paredes de la casa que sirve de escenario en una primera escena feroz. Su atónita y sobrecogida mirada vislumbrando el infierno en la Tierra es la que se nos expone durante el resto de la película, que a cada paso que da hacia el clímax nos irá sugiriendo que si eso es lo que nuestra vista es capaz de alcanzar, qué terrores serán los que cuya existencia desconocemos. Nuestro espejo en la pantalla es una agente que se sumerge en las más profundas esferas del narcotráfico, su curiosidad será nuestra réplica, y su imposibilidad de acceder a la verdad detrás de todo lo que huele mal en su misión nos condicionará para mantener la atención expectante. 


La pesadilla se agrava en cuanto a las verdaderas intenciones y métodos del equipo con el que está trabajando, igual de recónditas que los cuerpos de esa escena inaugural. Cada intrusión en terreno hostil marca un paso adelante hacia la inquietud, hacia la sensación de estallido en el momento más inesperado por parte de cualquiera de los elementos que entran en acción. Muy verosímil el tratamiento hacia los beneficios y repercusión social de la droga, de la extensa red que entra en juego durante el tráfico, y de la incapacidad por arañar a sus responsables con lo que dota la ley. Lo cual convierte esta grotesca crónica en una lucha de monstruos contra monstruos. 


Con un guion muy académico y nada novedoso, en el que si bien hay cierto bajón de ritmo durante el nudo, y el personaje protagonista se desinfla en favor de la ruda y exorbitante presencia del acometido por Benicio del Toro, 'Sicario' se mantiene erguido como un magnífico ejercicio de cine negro árido, que toma prestadas proclamas más propias del género bélico, con toques políticos, ejecutado para dar aliento a la intriga, que no se corta un pelo sobre el asunto que está denunciando, y que echa por tierra el idealismo y la benevolencia cuando son sometidos a la crueldad y sadismo.

7,75/10


miércoles, 8 de febrero de 2017

Múltiple. (M. Night Shyamalan, 2016)

Si algo caracteriza a Shyamalan son las buenas ideas, pero que no siempre son llevadas por el camino correcto. 'Split' es lo mejor que le podía ocurrir al realizador hindú, le sirve como redención y corroboración de que sigue habiendo sangre en sus venas. Impregna de nuevo el aroma de la angustia y del estado de alarma, como hacía hace 15 años, sabiendo dónde y cuándo sorprender, afianzando la idea general de la película sin necesidad de reforzarla con inventos o explicaciones fuera del tiesto, y deja tan buen sabor de boca como una remontada de tu equipo favorito en el último minuto.

Tengo la sensación de que Shyamalan es un tipo que hace mejores historias en cuanto más se aleja de sí mismo y más se deja llevar por lo ajeno. O por lo menos las explica mejor. No entra en la necesidad de lucimientos y antojos particulares que no llevan a ningún sitio para poder planificar de manera personal, elegante y elocuente. Otro punto a su favor es que no lleva debajo del brazo ningún mensaje moralizante que a veces tanto frustra en sus historias. Además, esta vez sí es consciente de su mayor cualidad, el clímax y los giros, y toda la película trabaja para esos momentos. Se vuelve más poderoso en cuanto sabe ocultar información sin necesidad de engañar acerca de ella. Y aboga por la extrañeza de su obra de forma rigurosa y sin caer en ridículos, precisamente siendo consciente de los momentos absurdos, que los hay, pero a diferencia de anteriores trabajos hay autodeterminación en ellos, no tiene dudas al respecto. 


No podía ser tan lúcida sin la impresionante caracterización de James McAvoy, capaz de caricaturizar milimétricamente sus múltiples personajes en un único envase. Cada gesto está trabajado y esmerado, es capaz de ser terrorífico, angustioso, desorientado y tierno en el mismo metro cuadrado de su interpretación, y contiene con aplomo la necesaria exageración de su papel. Sabe estar a la par la conductora de la trama, Anya Taylor Joy, que con un personaje menos llamativo pero igual de interesante le sigue el juego y logra que el envite entre ambos esté medido.


El regalo que nos ofrece al final hace que la película tome otra dimensión. Lo que podía pasar por una buena película de suspense se convierte en algo más importante y significativo. No solo por la sorpresa, sino por, como he dicho antes, haberlo sabido esconder. Es la prueba definitiva de que Shyamalan ha sabido reencontrarse consigo mismo. 

8/10


sábado, 4 de febrero de 2017

Contratiempo. (Oriol Paulo, 2016)

No es ningún secreto el buen momento que vive el cine negro español. Pero tampoco hay que confundir las buenas intenciones y la capacidad técnica con los buenos resultados y la capacidad narrativa. 'Contratiempo' se sumerge en un misterio que según avanza en su desengranaje, va acumulando rémoras y agujeros que tapará con tiritas y hormigón, lo que le pasará factura en su tercio final y hará que el conjunto caiga como un edificio viejo y preparado para su demolición. 

Con una ambientación lograda visualmente, se olvida de los matices claves para dotar de verdadera dimensión al puzzle, confunde sobriedad con carácter, carece de eslabones que engrasen la resolución, no pule detalles, que cuando quiere desvelarse resulta forzada e incongruente, y las sorpresas que se reserva se desploman tanto por no haber trabajado ciertas bases como por hacer trampas y querer colarlas como engaños y prestidigitación propios del género. En el momento en que la magia desvela sus trucos, deja de ser magia y pierde su halo seductor. El hermetismo que refleja me saca a menudo de ella, en ningún momento dejo de ser consciente de que es una ficción. Por lo tanto, problema gordo. 


Por otro lado, hay diálogos poco naturales e innecesariamente adustos, pretenciosamente maquillados de palabras importantes que no dicen nada. En ese aspecto, un actor como Mario Casas está vendido. Ojo, no digo que sea mal actor, porque no lo es, y ya ha demostrado que tiene registros interesantes y sorprendentes. Pero sí que es verdad que necesita ser bien dirigido, y en este caso no lo está. Incluso una acción aparentemente tan sencilla como es fumar parece tosca en el personaje que lleva a cabo, más cercana a la pose de la ficción publicitaria que a la de la cinematográfica, y reiterándome a los diálogos, muchos de ellos salen de su boca sin ninguna credencial. La química con Bárbara Lennie es inapreciable, y ella hace sobreesfuerzos palpables que también hacen mella en algunas escenas. Mucho más cómodos están José Coronado y Ana Wagener.


Los excesos acaban machacando un thriller que da demasiadas vueltas, ahogan un elaborado esquema que tiende al efectismo, que pese a la valentía de correr riesgos termina precipitándose. Se toma a sí misma demasiado en serio queriendo aspirar a una liga mayor a la que no tiene capacidad de alcanzar. 

5,5/10


jueves, 15 de diciembre de 2016

Animales nocturnos. (Tom Ford, 2016)

Con un pregenérico cargado de intención a través de ofrecer imágenes bellas a través de lo culturalmente aberrante, la película comienza a definirse como un enfrentamiento entre la realidad y la ficción que hay en el arte. Y según avance, iremos desentrañando tres historias: la de la propia película (el personaje de Amy Adams enfrentándose a la novela que le ha escrito su ex pareja), la historia ficticia dentro de la primera ficción (la de la novela), y el pasado del personaje de Amy Adams junto con el de Jake Gyllenhaal. Impoluto el ejercicio de guion, unas interpretaciones que ofrecen mucho más con sus silencios y con lo que callan que con lo que nos muestran en pantalla, y una dirección sacada desde las tripas. Formalmente meticulosa e inquietante.

Hasta ahí todo parece indicar que estamos ante una obra grande, pero no dejo de desviar la atención hacia la desbordante pretenciosidad que te acuchilla las vísceras desde el principio, aparte que la reflexión que he hecho con ella no es demasiado amable. A mí me ha supuesto un problema, porque toda la concienzuda ornamentación narrativa y técnica que caracteriza al conjunto se resquebraja por un problema que tiene que ver primero con que la historia principal queda por debajo de la metaficción, y segundo, por cómo se complementan. Nos encontramos con una historia en la que un hombre despechado quiere vengarse de su ex pareja, y no me ofrece un gancho emocional que tenga suficiente peso para querer llevarle la razón. Lo que cuenta el libro que ella lee es el interior del personaje de Jake Gyllenhaal, aparte de un arrebato de orgullo artístico propio, y por supuesto, termina siendo la perspectiva de ese personaje de la historia principal que permanece ausente No me ofrece garantías de que que ese personaje no termine siendo simplemente un llorica dolido, y sinceramente, creo que eso es lo que realmente es.


Porque ojo, la película está haciendo un ejercicio peligroso, y es el que a mí me deja definitivamente fuera de juego. En el pasado narrativo y que se nos ofrece a través de flashbacks, el personaje de Amy Adams abandona a su marido y se practica un aborto. En la metaficción, aparecen una panda de violadores y asesinos que destrozan la vida del personaje con el que se identifica el autor de la novela, o sea, el ex marido de Amy Adams en la historia principal. ¿A qué conclusión nos lleva esto? A que la película está comparando al personaje de Amy Adams con un grupo de violadores y asesinos, y que en ambas historias la víctima es el personaje de Jake Gyllenhaal. 


Por otra parte, el personaje de Amy Adams, aparte de la interpretación de Oscar, es una crítica mordaz hacia la clase burguesa encerrada en sí misma, constantemente insatisfecha, incapaz de aferrarse a lo que quiere por, excusad la redundancia, ser incapaz de renunciar a las comodidad de su clase social para ser feliz con la persona a la que ama. Incluso si analizamos la película desde una nueva perspectiva atendiendo a ciertos momentos y conversaciones que ella tiene, podríamos llegar a pensar que nunca hubo un ex, que el personaje de Jake Gyllenhaal solo está en su interior o en sus anhelos más profundos. 


Entonces, la película pasa a o bien transformase en la senda de la culpa que el personaje de Amy Adams siente hacia sí misma, o bien una revancha que nace del rencor del personaje de Jake Gyllenhaal. Simplificando, o ella es una hipócrita, o él es un falso mártir. ¿Que eso es malo para el relato que se nos plantea? No, en absoluto, y según cómo leas la película puede que esa sea la impostura a la que te arrastra. ¿Que funciona conmigo? No. Percibo demasiados sentimientos huecos y falsa vulnerabilidad. Y finalmente, me pongo a pensar en 'Stoker' y definitivamente percibo esta película como una falsa profeta. 

6,5/10


lunes, 12 de diciembre de 2016

Steins; Gate. Temporada Única.

¿Cómo un anime cuya premisa es que un grupo de amigos logra enviar mensajes de texto al pasado a través de su horno microondas, cuyo tono tira a lo jocoso y juvenil, plagado de bromas pueriles, y con un protagonista cuya personalidad casa perfectamente toda la amplitud de lo que pueda significar ser un gilipollas, termina convirtiéndose en un drama espacio-temporal, en un thriller con carácter de urgencia, en una ciencia ficción con trasfondo distópico, y convergiendo todo lo anterior, en una historia compleja y profunda que sostiene una de las líneas evolutivas de personajes más complicadas y completas que he podido disfrutar?

Con una animación muy sencillita, todo el peso recae en el propio argumento y en los personajes. La historia se presenta con apariencia de shonen pero a raíz del primer giro de trama importante se desmarca como un seinen. Porque la serie te permite estar relajado durante sus primeros 12 capítulos (¡12 capítulos!) en los que apenas hay crecimiento narrativo, al menos no más allá de presentarnos algún nuevo individuo que se una a la tropa que se está forjando y la consecución de alguno de los inocentes experimentos que van realizando. La cosa es bastante hija de puta, porque el carácter ingenuo de esta casi primera mitad de la serie es clave para la empatización con el grupo protagonista, puesto que a partir de un momento clave descubrirán que sus juegos se han vuelto más peligrosos de lo que creían. A partir de este punto, comienza una lucha de Okabe (el protagonista) contra el tiempo y las devastadoras consecuencias a las que les ha conducido los pasatiempos en los que solía centrarse la trama.

Como he dicho, Okabe es gilipollas. O al menos esa es la conclusión a la que llegamos tras conocerle durante los primeros capítulos. Los acontecimientos le llevan a tomar decisiones drásticas y temerarias, y con ello empezamos a conocer el interior de un personaje que va a sufrir mucho, lo que viniendo de una producción japonesa significa momentos de intensidad extrema, que felizmente no desborda. ¿Y por qué decía que la cosa es bastante hija de puta? Porque vamos a echar de menos al Okabe gilipollas. El ejercicio de empatización con él es prodigioso, casi agónico, termina convirtiéndose en un personaje atípico, excéntrico y carismático. Su relación con el resto de personajes, especialmente con su nueva compañera Kurisu y su amiga de la infancia Mayushi, crece hasta límites inimaginables en aquellas peripecias que nos parecerán tan lejanas en este nuevo marco que tomará la historia. Personajes secundarios, por cierto, que tendrán todos y cada uno su oportunidad de explicarse y desentrañar todo lo que sus inocentes apariencias esconden. 

Otra de las cosas que mejor le sientan es su capacidad para recurrir a situaciones embarazosas y bromas estrafalarias que se dedican los personajes dentro del creciente contexto dramático, lo que le dota de mucha humanidad. Como amante de la ciencia ficción, recalco que la sensibilidad es clave en un género que da demasiadas facilidades a la frialdad. El destacar y recordar las cualidades que nos convierten en seres terrenales y de naturaleza perecedera es una virtud dentro de historias con contextos vastos y exorbitantes. 'Steins gate' sabe tocar la membrana emocional sin acudir al terreno sensiblero. 

Muy recomendable por ser una rareza dentro del mundo audiovisual, por su argumento caótico pero sólido, por la ternura que desprende, y porque tiene razones de peso para estar considerada como una de las mejores series anime de todos los tiempos. 


miércoles, 30 de noviembre de 2016

Green Room. (Jeremy Saulnier, 2015)

La premisa de banda de punk encerrada en una habitación de un local de neonazis, en la cual se ha cometido un homicidio del cual han sido testigos, y que el dueño no quiera dejarles vivos para contarlo, es suficientemente potente para llamarme la atención. Y bueno, tiene gancho, hay cierta desvergüenza y pulso, en alguna ocasión sabe por dónde van los tiros para manejar la tensión,... Pero finalmente se queda descafeinada.

A bote pronto, me gusta que las potenciales víctimas de la agresiva pandilla fascista cometan torpezas y que estén cagados de miedo, y que ello se evidencie en conductas a veces absurdas, y a veces porque no les queda más remedio. Tampoco es que te den pie a querer que alguno de ellos se salve de tal marrón, más aún cuando pese a su ingenuidad por meterse en un sitio así siendo quienes son vayan provocando al personal. Estás deseando que en algún momento llegue un estallido de violencia gratuita que realmente te haga agitarte en el asiento. Pero es que ese momento nunca termina de llegar. Hay violencia, hay sangre y hay conteo de muertos, pero nunca sobrepasa el límite mínimo de crueldad necesaria. Y creo que esa es la clave. Me hubiera gustado más ensañamiento por parte de los malos para querer que recibieran su merecido, y que eso acabara con un éxtasis de reventar cráneos y de repartir cuchilladas viscerales. Pero joder, hay más redenciones y dedos de frente por parte de los villanos que por parte de los protagonistas, y eso no me ayuda a empatizar con la causa de las víctimas.


Los actores casi que ni cumplen su cometido. Anton Yelchin se pasa toda la película asustadizo y lloriqueando, mientras que el veterano Patrick Stewart parece aburrirse. Además, la película está estructurada como una película de terror gore, en la que los protagonistas van cayendo uno a uno a manos de la amenaza externa. Le hubiera venido mucho mejor utilizar la fórmula Peckinpah de 'Perros de paja', en la que la violencia está originada por el propio odio y naturaleza de los agresores. En un producto cinematográfico como éste no me vale con que los malos sean nazis o defensores de la supremacía blanca, me tienes que dar motivos tangibles de querer que sufran el más horrible de los finales, y la película no me aporta esa causa. Tampoco acabé de encontrar la claustrofobia dentro de las cuatro paredes en las que se desarrolla la parte más importante del metraje. A la película le sobran intenciones y le falta inquina. 


La película no deja de ser divertida, algo no muy complicado ofreciendo lo que ofrece. Pero se queda muy lejos de alcanzar su potencial y de colmar sus pretensiones. No impacta, no aporta nada que no hay visto antes en dosis mucho mejor administradas y planificadas, y me duele en el alma que una película que tiene los ingredientes que esta posee quede tan edulcorada.

5/10