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martes, 21 de febrero de 2017

Sicario. (Denis Villeneuve, 2015)

Tocaba ponerse las pilas con Denis Villeneuve, uno de los autores más fructíferos y atractivos actualmente, y me demuestra su asombrosa polivalencia para contar historias de cualquier género, además de corroborar su talento visual y su nervio latente para fabricar escenas vibrantes y tensas. El límite de la ética, la disyuntiva sobre quién tiene menos escrúpulos, si los villanos o quienes se enfrentan a ellos, y el regreso a los terrenos más oscuros y pantanosos del ser humano vuelven a ser parte del sello del realizador canadiense. 

El arranque es estremecedor. Asistimos desde la competente pero aún inocente perspectiva del personaje de Emily Blunt al súbito impacto que produce una aterradora recopilación de cadáveres, los cuales están escondidos tras las paredes de la casa que sirve de escenario en una primera escena feroz. Su atónita y sobrecogida mirada vislumbrando el infierno en la Tierra es la que se nos expone durante el resto de la película, que a cada paso que da hacia el clímax nos irá sugiriendo que si eso es lo que nuestra vista es capaz de alcanzar, qué terrores serán los que cuya existencia desconocemos. Nuestro espejo en la pantalla es una agente que se sumerge en las más profundas esferas del narcotráfico, su curiosidad será nuestra réplica, y su imposibilidad de acceder a la verdad detrás de todo lo que huele mal en su misión nos condicionará para mantener la atención expectante. 


La pesadilla se agrava en cuanto a las verdaderas intenciones y métodos del equipo con el que está trabajando, igual de recónditas que los cuerpos de esa escena inaugural. Cada intrusión en terreno hostil marca un paso adelante hacia la inquietud, hacia la sensación de estallido en el momento más inesperado por parte de cualquiera de los elementos que entran en acción. Muy verosímil el tratamiento hacia los beneficios y repercusión social de la droga, de la extensa red que entra en juego durante el tráfico, y de la incapacidad por arañar a sus responsables con lo que dota la ley. Lo cual convierte esta grotesca crónica en una lucha de monstruos contra monstruos. 


Con un guion muy académico y nada novedoso, en el que si bien hay cierto bajón de ritmo durante el nudo, y el personaje protagonista se desinfla en favor de la ruda y exorbitante presencia del acometido por Benicio del Toro, 'Sicario' se mantiene erguido como un magnífico ejercicio de cine negro árido, que toma prestadas proclamas más propias del género bélico, con toques políticos, ejecutado para dar aliento a la intriga, que no se corta un pelo sobre el asunto que está denunciando, y que echa por tierra el idealismo y la benevolencia cuando son sometidos a la crueldad y sadismo.

7,75/10


sábado, 11 de febrero de 2017

Mad Max: Fury Road. (George Miller, 2015)

Cuanto más sucia, más bella resulta, y cuánto más loca se vuelve, más emocionante. 'Fury Road' es un ejercicio de pureza extrema, condensa en sus dos horas de metraje toda la intensidad, virtud y desahogo que el cine de acción debe poseer. Lo hace sumando un ritmo narrativo vertiginoso, que apenas necesita pretexto para arrancar y meternos de lleno en la rabiosa inquietud de sus personajes, y una poética visual que va más allá de las persecuciones y la destrucción, dotando de sentido y significado a cada una de sus imágenes. 

'Fury Road' es feminismo, es radicalidad. Hay mucho más mensaje político y social en ella de lo que aparenta. Es la epopeya de un grupo de mujeres guiadas por Furiosa, uno de los personajes más reivindicables de los últimos años, que huyen de las misóginas garras del apocalipsis comandado por Immortan Joe, y apoyadas por Max, cuya labor se limita a sobrevivir al caos y a hacer lo que cree que es justo, sin marcarse el papel de héroe o salvador, consciente de que es una lucha con la que se ha cruzado y en la que ha decidido participar, pero que no es su lucha. Entre ellos la comunicación, el respeto o el desprecio se basa más en gestos y miradas que en palabras. Lo visual prevalece, como en cada una de las grandes obras maestras audiovisuales. En un escenario desértico, gótico, voluptuoso y febril, cuya recompensa final en un mundo que está sumido en la mierda pasa por derrotar o ser derrotados, donde las consecuencias no pasan por las medias tintas.


Su montaje es pulcro y milimétrico, acompasado con una banda sonora que ejerce una excelente labor de contexto y dimensión, técnicamente es una prodigiosa y gozosa artesanía, que todo el sentido que tiene es precisamente el de carecer de sentido alguno, o al menos hace valer una lógica macarra que provoca hiperventilación. La producción artística es inconmensurable, y atiende a detalles deliberadamente sutiles pero colocados como piezas indispensables para que el motor ruja con toda su potencia. Para postre, la batalla está ambientada por heavy metal on screen, haciendo acopio de los músicos que esculpían fanfarrias para engrandecer su bando y empequeñecer al enemigo en las guerras medievales, dibujando con pasión el fanatismo al que están sometidos los personajes. Con la satisfacción de que toda la salvaje desmesura atiende a un orden perfectamente planificado y ejecutado.


No deja aliento, George Miller, a sus 70 años, nos regala un espectáculo difícilmente superable, que se limpia del infantilismo y amaneramiento al que está siendo sometido un género cada vez más entregado a la susceptibilidad de cierto tipo de público, y que una vez purgado de ello se mete de lleno en el polvo y en el fango de los que hace su terreno de juego. Una revolución con todo el sentido de la palabra, un grito de rebeldía, un tremendo puñetazo con toda la intención de crear contusión. 

10/10


jueves, 7 de enero de 2016

Mi gran noche. (Álex de la Iglesia, 2015)

Una ventaja que tenemos en España respecto a otros países a la hora de hacer parodia es que, por nuestro propio carácter, se puede hacer mofa casi de cualquier cosa. Y una desventaja que tenemos es el berrinche pueril instantáneo de quienes se sienten aludidos de tales burlas. Por lo que el cine patrio, a la hora de meterse en el terreno del humor, o anda con pies de plomo para no meterse en el fregado de herir sensibilidades de moralidad programada, o se limita a la casposidad más propia de las series de televisión de dudosa calidad que portan en su interior las huellas residuales de los shows producidos por José Luis Moreno. 

De vez en cuando, algún valiente se atreve a dar un paso al frente, se atreve a hacer comedia que no se quede estancada en un compendio de sketches de perezosa realización y fotografía e interpretaciones forzadas, rebosantes de chistes cargantes y chabacanos. Es el caso de Álex de la Iglesia, vieja guardia, exagerado, esperpéntico, anárquico. Esta travesura de carácter coral funciona de maravilla, y seguramente haya quien se sienta ofendido por alguna de sus escenas. Pero a De la Iglesia le suda la polla, así de simple, porque es una batalla en la que ya se ha visto inmerso en otras ocasiones y sabe cómo hacerle frente.


El director sabe convertir lo presuntamente ruidoso y aparatoso en méritos narrativos, y haciéndose valer de la caricatura deformante, sin renunciar en ningún momento a su estilo punzante y circense, compone una diablura en la que Raphael arrasa, Mario Casas hace el ridículo sin ser ridículo (lo que tiene tener un buen guía interpretativo), los figurantes se convierten en protagonistas, Carmen Machi se lo pasa pipa, y el exceso desenfrenado queda bien medido para retratar una sociedad hipócrita que prioriza los escaparates y las fachadas. 


Se podría sacar de esta comedia de sarcasmo despiadado una moraleja certera: reírse de uno mismo,  y sobre todo tomarse la ficción con la seriedad justa y necesaria, es un ejercicio sano y gratificante.

6,75 / 10