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martes, 19 de diciembre de 2017

Swiss Army Man. (Dan Kwan & Daniel Scheinert, 2016)

Sorpresita de película, una de esas que te encuentras en raras ocasiones y que disfrutas al comprobar que su naturaleza extravagante, ridícula e incluso pueril funciona y se te mete por las retinas y recorre cada uno de tus sentidos dejándote esa sensación que se explora cuando haces algo por primera vez en la vida. La película es arriesgada y está plagada de méritos, dos actores que dan todo de sí mismos, una historia con buena cantidad de mensajes contraculturales positivos, un humor muy primario pero usado de forma muy inteligente, que se despreocupa de las formalidades y el buen gusto para ofrecernos otras cosas bonitas en forma de impúdicas flatulencias.

'Swiss army man' es rara ya desde el planteamiento: un joven náufrago al borde del suicidio se hace amigo de un cadáver. Y se enamora de él. Y juntos viven aventuras y descubren qué es la vida. Y la vida, alejada del decoro y el formalismo social, es un conjunto de impudicias que escondemos y limitamos al ámbito más privado de nuestra individualidad. La vida son flatulencias, son tonterías y pensamientos absurdos, son erecciones repentinas, son todas esas cosas que queremos hacer y no hacemos por vergüenza. Y la película te explica eso a través de un enorme arrojo de sinceridad consigo mismo del protagonista, y a través de su relación con un cadáver que bien te enciende una fogata o bien te sirve de moto acuática propulsada por sus propios pedos (sí, la peli va a saco con esto, y es genial), y que así resucita sus ganas por vivir.


Del dúo protagonista solo se pueden contar halagos. Paul Dano, un actor cuya trayectoria está marcada por personajes que de una u otra forma se les hace bullying y vejaciones varias, y Daniel Radcliffe, eterno Harry Potter, desmarcándose en unas interpretaciones complejas y llenas de pasión. Son muy conscientes del absurdo de sus personajes y de lo loco que es todo en el guion, y ellos se amoldan a ese disparate con firmeza y una entrega total al propósito del film. Entienden de qué va el asunto, entienden que los convencionalismos están fuera de lugar, y se adaptan a esta jungla de lo incorrecto con una maravilla de actuaciones. 


Es imprescindible entrar en su juego, dejar de lado la "realidad" del cine, tener ojos inocentes y una reflexión atrevida y creativa mientras se ve. No tiene cabida en ella el cinismo, ni el clasicismo, ni la tradición. Todo lo que se puede extraer de ella choca con cualquier tipo de formalidad, ahí radica su principal valor, y que tiene la capacidad de señalar a cualquier adulto maduro y decente y decirle que en el fondo escondemos a nuestro niño que se sigue riendo con caca, culo, pedo, pis, para al final dejarte la duda de que en algún momento del camino perdimos la pureza de la vida tal como es para encajar en la vida tal y como la hemos desvirtuado.

7,5/10


miércoles, 13 de diciembre de 2017

Perfectos desconocidos. (Álex de la Iglesia, 2017)

Álex de la Iglesia es un bicharraco muy astuto, con un ojo muy tenaz para crear situaciones cuanto menos extrañas, y ante todo muy fiel a sí mismo. No le creo demasiado talentoso, la verdad. Eso no es un demérito soltado a la ligera, porque es un atributo que se tiene o no se tiene. Sin embargo, en su caso lo suple con una alta porción de profesionalidad, de conocimiento y, a estas alturas, de ser perro viejo. Vamos, que se las sabe todas, y además sabe adaptarse a los tiempos. Recordemos que es él quien ha conseguido que Mario Casas ofrezca registros inimaginables en un actor de su palo. 

Bien, concentrándonos en esta su última película (remake de una italiana, por cierto), esa astucia del director le lleva a enfocar todo el peso de la acción en los personajes, en sus diálogos, reacciones, en algunos gags, en cómo se relacionan unos con otros, en cómo se comportan según qué personaje ocupe el escenario y qué personaje esté ausente. En fin, que las interpretaciones son la base de la película, de una manera muy cercana al teatro, dejando que la sucesión de los acontecimientos fluya y se amolde en torno a ellos. Un reparto de lujo, por cierto, con muchas tablas (aunque Eduardo Noriega no es santo de mi devoción, pero incluso él encaja en este corralillo), y que saben dar, recibir y contraatacar a sus interlocutores con precisión praxiteliana para producir lo que aquí se viene buscando: la risa. 


A todo esto, no podían faltar elementos caricaturescos o fantásticos dentro del mundo costumbrista de Álex de la Iglesia. En esta ocasión, sabe contenerlos y mantenerlos en un plano muy secundario, y llegamos al tercer acto sin que la cosa se desmadre de cualquier manera como le ocurría en anteriores películas. Aquí la cosa se resuelve con mala leche (aunque la mala leche impera desde el minuto 1), con contundencia, pero sin que los cabos que sujetan el barco de desanuden. O sea, todo en orden. La planificación y resolución de las escenas también tiene tela, porque no es un ejercicio sencillo tener un solo escenario con varios personajes y hacer que el ritmo de planos y contraplanos sin que esto sea un muermo. La cosa tiene mucha elegancia y la narrativa del montaje es modélica. 

Tampoco nos vayamos a creer que esto es "12 hombres sin piedad". Aquí es todo más profesional y de gente que tiene las cosas clarísimas de cómo se maneja este tipo de obras. No hay lugar para improvisaciones, está todo muy medido. No hay lugar para las sorpresas, ni a nivel técnico ni a nivel de guion, pues ya el juego que se propone te está advirtiendo que de sorpresas va la trama. Es el buen hacer de los implicados lo que hace que todo funcione como tiene que funcionar. Es una comedia muy de salón, no solo para reírse sino de saber reírse, de entender que lo amargo provoca carcajada si se sabe llevar al terreno que uno desea. Y por mí, dabuti.

7,5/10


martes, 14 de noviembre de 2017

La suerte de los Logan. (Steven Soderbergh, 2017)

Steven Soderbergh es un autor muy irregular y cuyas pretensiones superan su capacidad para fabricar películas importantes. Le funcionaron muy bien 'Ocean's Eleven' y 'Traffic', pero después se ha tirado 15 años con obras cuyo potencial estaba muy por encima de su resultado. Ahí tenemos 'El buen alemán', las plomizas biografías del Ché, o 'Contagio'. Aunque el entusiasmo del cineasta se acerca al documental, creo que su mayor punch es cuando saca su vena cachonda, y por eso 'La suerte de los Logan' da bastante en el clavo para ser un producto ligero sin altas miras pero solvente. 

Con un reparto donde los secundarios llevan el peso y el protagonista sirve más que nada de salvocinducto, como ya pasaba en las de Ocean, esta historia de atraco labrado por una panda de paletos ofrece unas cuantas risas y un buen rato de pelearse con las palomitas que se quedan pegadas en el paladar. Destacan Adam Driver con un desparpajo voraz para sacar adelante un personaje cuyos gags son de la escuela de Buster Keaton, con rostro y gestos herméticos, y Daniel Craig psicótico, con el gran momento de los ositos de gominola y su master class de química. En cambio, Channing Tatum es un tío que da para mucho más y que queda algo desaprovechado en un papel demasiado suave para la que quiere montar. 


En cuanto al plan del atraco sobre el que gira la trama, resulta verosímil y las sorpresas que esconde se asimilan sin reparos, aunque me resultó demasiado sencillo debido a la poca resistencia que se les va presentando. A ver, mola ver la funcionalidad de cada paso que hacen, y las formas para llevarlo a cabo tienen bastante gracia. Pero que fuera del ingenio que tengan que echarle parezca que tienen un camino barnizado, también. Al margen de eso, el ritmo y la narración tienen una elegancia muy del viejo Hollywood, siguen recetas maestras de forma milimétrica, y eso bien hecho nunca deja de gustar. Que Soderbergh sea irregular no le quita profesionalidad.

Entonces tenemos una película liviana, graciosa y bastante precisa. Un guion que procura no enrevesarse, más cercano a la picaresca que a la mala leche, que se defiende bien cuando recurre a tópicos, y que su principal baza son las situaciones puntuales que va presentando según va desarrollándose. 

6,5/10


miércoles, 23 de agosto de 2017

Baby Driver. (Edgar Wright, 2017)

Edgar Wright tiene una cualidad que admiro, por encima de las risas que me haya podido echar con buena parte de su filmografía: sabe coger métodos narrativos extrínsecos del cine y hacer que el universo de sus películas gire en torno a ellos sin que ello las convierta en productos artificiales. En esta ocasión, todo el cuento va versando alrededor de la música que Baby escucha en sus auriculares. Todo el montaje, tanto a nivel interno (movimiento de personajes, de cámara,...) como externo (cortes de planos, sucesión de secuencias,...) está bajo la batuta de la banda sonora. Cuando se apuesta cien por cien por una fórmula de contar una historia que se sale del esquema clásico, el riesgo de cagarla es máximo porque en el momento en que quieras desahogar el ritmo recurriendo a las recetas de toda la vida el truco va a ser más cantoso que un descosido. Buena noticia: el director sabe mantener ese protocolo (la música rige absolutamente todo) durante las dos horas del film, incluso en las escenas menos importantes.

Con tal declaración de intenciones, la película no debía fallar en otro asunto importante: tiene que molar. Y de eso va sobrada. Apoyada por un reparto cachondo y de gente chula como ella sola, con escenas de persecuciones automovilísticas que tienen coreografías medidas con el mismo aplomo que una obra de ballet, acción gamberra, y la necesidad de tener muchas coñas momentáneas que hacen que te apuntes a esta movida desde el primer momento (las innumerables gafas de sol de Baby, gag humorístico de haber mamado mucho Chaplin). Son muchos los ingredientes bien cocidos que hacen que sea una película canalla y muy divertida, entretenimiento puro y duro.


Además, me gusta la elección de Ansel Elgort como protagonista, o como elemento adolescente del film. Es un chaval joven, lampiño, guapete, pero no un mojabragas. Su personaje no se vende a través de elementos sexuales, tiene determinación y actitud de sobra para olvidarnos de que no deja de ser una cara bonita al pie del cañón. Y no se fuerza la explicación a que su mundo gire en torno a lo que sale de los auriculares de su reproductor de música, ni de las cientos de cintas que graba para uso personal y que definen su vida y sus emociones, haciendo que efectivamente la música sea elemento indispensable para que los ladrillos queden bien cementados. A Kevin Spacey tengo que mencionarle porque solo su presencia como villano capullo ya hace valer la pena el visionado.


'Baby Driver' es una apuesta segura para pasar un rato desfogado. Hay poco que discutirle, cumple su objetivo de sobra. Una película de aroma pop, cuyo derroche de imaginación para hacer fluir la acción te obliga a abrocharte el cinturón de seguridad. Es un macizo ejemplo de que un guion normalito gana muchísimo si es contado con gracia y talento. 

7/10


sábado, 15 de julio de 2017

HappyThankYouMorePlease (Josh Radnor, 2010)

Es una película cuca, con cierta intención de dejar poso, pero de la que realmente no tengo demasiadas ganas de hablar, por lo que creo que la atención que se le presta mientras uno la ve no se convierte en eco divagador pasado su visionado. Parece querer llegar al corazón a través de personajes de existencia marcada por las decepciones, tiene atmósfera con buen rollo, pero recarga demasiado su sencillez con ciertas excentricidades que parecen querer tener más protagonismo del adecuado. Y que la cabeza pensante del tema sea Josh Radnor con su eterna obsesión por ser la imagen viva del tío cercano a los 30 que no encuentra con quién compartir la vida termina resultando irritante.

Más interesantes que esa historia principal cuyo ego conductor es el del protagonista de 'Cómo conocí a vuestra madre', que para colmo de talante aquí hace las veces de guionista y de director, son las otras dos historias que se desarrollan durante la peli. Carecen de falsas angustias, al contrario que la que más peso tiene, y paradójicamente las protagonistas sí parecen tener motivos de sobra para tomarse en serio sus propios problemas. La lucha a la que hace frente la historia protagonizada por Josh Radnor, con secuestro "cuqui, tierno y simpático" de niño por medio, parece habérsela buscado a posta el protagonista porque no tiene otra cosa que hacer con su vida que llamar la atención dando pena y siendo un capullo. La premisa es similar a la de su Ted de la citada serie: está mentalizado de que se le va a pasar el arroz, y ha encontrado a la chica que encaja con él 100%, y ahora solo tiene que convencer de ello a la muchacha. Tío, me cansas.


La película emula precisamente a series del palo de 'Friends' sin la simpatía que sus personajes despiertan, sin la complicidad que ellos transmiten, y que tropieza cuando entra en el terreno de la comedia gamberra. Sin embargo, en el terreno del romance sensible de la historia protagonizada por Malin Akerman sí que funciona. Si la película se hubiese centrado en ella en vez de en el ombligo de Radnor, hubiera estado varios peldaños por encima del resultado final. Aparte de que la carga de sinceridad que lleva esa subtrama llega inmediatamente al espectador, no tiene que marear la perdiz para llamarnos la atención ni volverse estrambótica. Ese arco es el que realmente salva todo lo demás y hace que el visionado no sea una pérdida de tiempo. 


Y bueno, ¿sabéis cómo termina cada episodio de 'Cómo conocí a vuestra madre'? ¿Con reflexiones de Ted acerca de las relaciones, de la amistad, de cómo debería o no debería ser el amor? Aquí tenemos la misma terapia, pero sin ser HIMYM. Lo mejor que se puede hacer es ver la película y empezar a buscar otras comedias del mismo estilo que hacen lo que esta pretende, pero con más estilo y encanto. Como película de iniciación al género suponiendo que hayas estado desconectado del cine romántico indie durante los últimos 20 años, puede valer. 

6/10


sábado, 8 de julio de 2017

Ahora me ves 2 (Jon Chu, 2016)

A ver, si algo te sale medio decente, déjalo como está y no prolongues la agonía. La primera parte era divertida, no daba pie a que se quedara en la memoria permanentemente, pero el rato te lo hacía pasar sin ponerle peros. Ahora bien, si te empeñas en que ese disfrute pasajero puede dar más de sí mismo, pues venga hermoso, estira el chicle hasta que se rompa. Pues eso es lo que ocurre con esta innecesaria y presumida secuela, que de la mina en la que no hay más diamantes como mucho vas a sacar algo de carbón.

Esta secuela es tonta hasta límites sonrojantes. No solo por tener a Daniel Radcliffe presumiblemente parodiándose a sí mismo, o a Jesse Eisenberg tratando de llevar el peso de la función teniendo a quienes tiene alrededor y que le sacan varios cursos de carisma, sino porque a quién se le ocurrió llevar a al desvergonzado personaje que funcionaba que te cagas como el de Woody Harrelson aún más al extremo, que en la primera hacía gracia, y aquí, por partida doble al sacarle un hermano gemelo malvado, se pierde en el vacío intentando, paradójicamente, llenar de escenas humorísticas lo que no sabe ocupar con cualquier otra cosa. 

Y luego ya están las flipadas. Volviendo al sencillo pero efectivo recurso de la comparación, la primera parte iba de sobrada, los trucos de magia eran exagerados, pero te los creías dentro de lo que te estaba ofreciendo. Aquí no. Aquí, gracias a lo enrevesada que se llega a hacer, no puedes dejar de repetirte una y otra vez "venga, coño". Además, por si no se queda agusto, es de vacile que sea tan larga y que, aunque parta con esa premisa, te esté intentando engañar todo el rato. Pero una cosa es engañar, y otra hacer trampas. Los trucos de magia nada tienen que ver con hacer trampas, amigos. 


Y lo que la deja a un nivel aún más inferior es su intento de convertir a su grupo de "jinetes" en una especie de iconos modernos. Que no, que la primera peli fue una peli entretenida sin más, que estos personajes no se van a colar en nuestros corazones, que dejéis de intentar hacer de un producto caduco algo trascendental. Es que no os ha salido bien la jugada del más gordo y más grande ni en taquilla, que era el objetivo a pesar de todo. Da tanta sensación de tomarse a sí misma tan poco en serio, que se ha olvidado que para hacer algo primero hay que tener algo de inteligencia para administrar la broma. Si es que ni la presencia de Mark Ruffalo salva el show, no me jodas.

3/10


viernes, 30 de junio de 2017

Toy Story 3. (Lee Unkrich, 2010)

Y 15 años después, la guinda del pastel, que consolida una trilogía equilibrada en un nivel muy poco asumible por otro tipo de sagas, mantiene el espíritu aventurero y explorador de sus anteriores episodios, aumentando el nivel de urgencia de sus protagonistas al tener que luchar esta vez contra el paso del tiempo, contra la niñez que se va, contra la desdicha de dejar de ser útiles. Tiene un recetario nostálgico y melancólico que no se antepone a la diversión que caracteriza a la franquicia, y tampoco pretende hacer drama pese a sus momentos tiernos e intensos.

Esta tercera parte recoge todos los aciertos de las anteriores, se sobreesfuerza por culminar con maestría la historia de los juguetes, sigue inyectando dosis de ingenio y propicia nuevas circunstancias aumentando de forma lógica el universo ya creado, y nos ofrece casi dos horas de sana e imaginativa diversión que parece no tener techo, porque la cosa sube y sube hasta límites estratosféricos. Toy Story ahora ya no solo se ha colado en géneros de aventuras o de rescate, ahora se ha permitido el lujo de tocar el terreno del drama carcelario y salir triunfante. Se saca de la manga varios giros que huyen del deus ex machina, ya que el guion no se olvida de ir colocando miguitas en sus primeros actos que puede recoger con entusiasmo en el tercero, y por lo tanto todo resulta redondo y satisfactorio. La inclusión de nuevos personajes como Barbie y Ken permiten jugar y burlarse de los prejuicios sociales hacia los juguetes "de género". Los héroes que ya conocemos continúan su arco de evolución, esta vez teniendo que hacer frente a un destino que parece inevitable.


Logra lo que ya parecía imposible superar dentro de una película Pixar: elevar el ritmo a la máxima exponencia, no hay minuto con tregua, ocurren cosas todo el rato, y ninguna de ellas es arbitraria o episódica, todo atiende a hacer crecer la bola emocional que fabrica desde el deleitoso comienzo con guiño a la primera secuencia de la primera peli hasta el milagroso y perfecto final. Una vez más, calidad técnica y guion marca de la casa es compatible con el afán de Disney por vender el producto más allá de las pantallas. Pixar pone el talento, y Disney las tiendas de juguetes y los parques de atracciones. La combinación, por contradictoria que parezca, es funcional.


Y no puedo saltarme un apunte hacia una de las escenas del cine de animación para todos los públicos más bellas, tensas y dolorosas que ninguna película haya logrado jamás. Sí, me refiero a la escena del basurero. Una magistral lección de suspense, capaz de llevarnos a todos a pensar que esta gente iba a ser capaz de dar un final tan desgarrador a sus personajes. Quien diga que en ningún momento se le pasó por la cabeza esa posibilidad y que tenía el nudo en la garganta miente. Todo el mundo dice que Pixar les rompió el corazón con la primera secuencia de 'Up', pero esta secuencia de 'Toy Story 3' también da muestras de cómo son capaces de inducirte un coma momentáneo.


Woody, Buzz y compañía terminan una trilogía magnífica, una de las más valiosas muestras de cómo conducir una saga sin descarrilamientos, con mucho mimo y sensatez en todo lo que se hace y se cuenta, una reivindicación más del cine de animación como cine con mayúsculas y no solo destinado al público familiar. Hecha para pasar a los anales de la historia, porque esto no es un hito menor que cualquiera de los clásicos de Chaplin, Ford, Kubrick o Spielberg. Es cine en su esencia más pura.

10/10


miércoles, 14 de junio de 2017

Captain Fantastic. (Matt Ross, 2016)

Comedia agridulce que tiene mucha firmeza y fe en el mensaje que lanza, cuya propuesta es cercana y radical, entusiasta y contundente. Es un retorno a la naturaleza, a la humanidad más pura, una invitación a cuestionar el alienamiento social al que estamos sometidos, a ser ingenuos y curiosos, a ser humildes y rebeldes.

Hay mucho vitalismo en esta obra que pasó por Sundance y Cannes, y que los grandes premios prefirieron ignorar. Me recuerda en formas a 'Pequeña Miss Sunshine' y en carácter a ' Moonrise Kingdom'. Aquí los ingredientes son un grupo de jóvenes actores muy capacitados para orbitar alrededor del maestro de la ceremonia, Viggo Mortensen, que simplemente está magnífico en un rol puro y respetable que adopta con espontaneidad y con el que se siente como pez en el agua (actor que, por cierto, prima los proyectos de calidad antes que los de elevada factura industrial), y el guion que enfrenta al pensamiento propio de esta extravagante familia contra la educación conservadora de masas. Lucha que no solo se queda como marco contextual de la historia, sino que realmente se lleva al espectador a meditar acerca de lo condicionado que está nuestro punto de vista y nuestra perspectiva sobre la vida gracias a la tecnología, los dispositivos y los medios de comunicación, y nuestro ampuloso consumo de marcas comerciales.


Lo que el director Matt Ross parece querer decirnos con esta fábula es que todos los avances que nuestra sociedad está experimentando no están compensados si renunciamos a nuestra propia esencia, a nuestras raíces. No es un discurso novedoso en una película con este rollo, sí lo es la forma rompedora y encantadora de hacerlo, con diálogos realmente sorprendentes e impredecibles, igual que lo es su puesta en juicio del modelo social y económico al que nos hemos sometido, de la misma forma que emite un mayúsculo interrogante acerca del infantilismo académico y la burbuja protectora con los que se educa a los miembros más jóvenes de la civilización. 


Es una de esas películas inesperadas, que llegan sin hacer ruido y lo hacen para dejar huella en aquellos que quieran acercarse a ellas, que aportan mucho más aparte de dos horas divertidas de cine buenrollero. Tiene complejidad emocional, subrayada por una fotografía y una banda sonora que terminan de darle pinceladas al conjunto, y que una vez vista resulta indispensable. 

8,25/10


lunes, 5 de junio de 2017

Déjame salir. (Jordan Peele, 2017)

'Get out' te arrastra al mismo terreno al que te lleva el humor de Ricky Gervais: tienes que asumir de dónde parte su mensaje, a quién va dirigido, y la denuncia implícita que lleva en la mochila, pues hay mucho que sacar de ella y que no está a simple vista. La película no trata de un joven negro con novia blanca incómodo en un entorno de blancos que tienen empleados del hogar también negros y que a él le tratan como un elemento exótico y de manera complaciente. La crítica y la mofa que lleva consigo, porque la película es una comedia con elementos de terror psicológico, es mucho más subversiva y perversa de lo que aparenta. 

La película no habla sobre el racismo. Tampoco de la superioridad blanca, o del esclavismo de la raza negra, o del intento de acomodar a una persona negra en un entorno de blancos. Si rascamos un poco, nos está gritando una verdad incómoda acerca de la minoría racial en una sociedad prominentemente blanca: los blancos heterosexuales de educación católica aceptan en su sociedad a los negros (y a los gitanos, y a los homosexuales, y a los musulmanes, y a las mujeres independientes, y a un largo etcétera de minorías) siempre y cuando se comporten como ellos quieren que se comporten. No les aceptan con su cultura o sus formas de ser propias, sino en cuanto a su adaptación a la cultura y forma de ser blanca.Y la película materializa esa adaptación a través de la hipnosis a la que el protagonista es sometido desde que llega a la casa de sus suegros. Importante detalle el ver que el protagonista, en realidad, está siendo consciente de ese estado de sometimiento en todo momento, sin hacer nada para evitarlo.


La metáfora y la forma de llevarla a cabo es genial. Es un chiste muy cruel, un chiste capaz de ofender a quienes perpetúan esa actitud de discriminación positiva, y capaz de abrir los ojos y encontrar aliados en aquellos que son conscientes de esa verdad y se pelean consigo mismos a diario por revertir esa tendencia a la que estamos atados desde la cuna. La película no trata de ocultar su predecibilidad, sino que trata de hacerte ver el camino que va a seguir ya desde que la pareja llega a casa de los padres de ella, trata de hacerte asumir que es ese camino a recorrer durante el resto de la narración es inevitable para el protagonista, puesto que dentro del marco interracial y de la forma en que ambas culturas se relacionan es a través de enredados eufemismos y con una corrección política vomitiva que dejan de existir en cuanto él no está presente.


El resultado es muy bruto y muy canalla. Hay mucha mala leche puesta en el guion y en ciertos momentos de lucidez narrativa. No hay pelos en la lengua para denunciar la falsa tolerancia, para denunciar el silencio al que las minorías se ven resignadas, para denunciar la inquietud y el armario reversivo en el que la mayoría clasista esconde sus miedos e inseguridades frente a quienes son diferentes a ellos. Una película que no habla del (o de cualquier fobia), sino de su domesticación. 

7,5/10 


lunes, 8 de mayo de 2017

Toy Story. (John Lasseter, 1995)

Pixar voló más alto en películas futuras, pero su carta de presentación al gran público no podía haber sido mejor. Hoy en día asimilamos la animación digital como lo normal, cuando hasta no hace tiempo este tipo de películas eran una rara avis en vía de desarrollo y experimentación, una alternativa a la animación clásica en 2D, y el equipo de John Lasseter fue pionero a la hora de apostar con fe absoluta en lo que iba a convertirse un patrón a seguir.

'Toy Story' es magnífica no solo por ser ese primer paso revolucionario de la viabilidad entre el largometraje y la animación digital, sino que a toda la parte técnica le da soporte un guion, una historia y unos personajes sólidos, ingeniosos y con muchísimo fondo. Sin olvidar la magnífica banda sonora de Randy Newman. Es una de esas películas que cada vez que ves aprecias los años de dedicación de sus creadores, contemplas el mimo en los detalles y el esmero en el pulido. Hay una brillantez en ella al alcance de pocos genios del audiovisual. 

El choque de egos que protagoniza la película es fabuloso. Dentro de su fantasía, la extrema realidad en la que Woody campa a sus anchas se tiene que enfrentar a la extrema ignorancia en la que permanece Buzz. Eso acaba siendo una lucha entre la envidia de uno y la vanidad del otro, en un marco de secundarios cuyas personalidades son también fruto de ingenio e inspiración. Sin dejar de lado el detalle de que se tratan de juguetes, el más preescolar, Señor Patata, resulta ser el más malhumorado, y Rex, supuestamente el rey carnívoro de los dinosaurios, es el más inseguro del grupo. Son detalles humorísticos y que caracterizan al elenco que forman un cuadro paródico sensacional.


Aparte de eso, lo bien que funciona el universo inventado por estas personas no solo es funcional, sino que tiene una lógica apabullante. La forma en que los juguetes conforman su comuna y sus jerarquías de grupo, su forma de interactuar con el mundo exterior y lo que piensan de él (pequeño guiño al mito de la caverna apreciable en el desarrollo de la historia), o los rituales y protocolos que tienen estipulados para su propia supervivencia y prosperidad. Insisto, todo atiende a una lógica bestial. 


Aquí comenzaba el matrimonio entre Pixar y Disney, una relación de títulos de un nivel estratosférico, entre los cuales 'Toy Story' puede considerarse el gran clásico entre los clásicos. Después volveríamos en dos ocasiones más a las aventuras dentro del cuarto de Andy, y estamos a la espera de una cuarta (en la que por cierto, yo tengo fe), pero esta primera incursión tiene ese toque de distinción, ese no se qué que solo las primeras veces tienen y no vuelve a repetirse. 

9,25/10


viernes, 21 de abril de 2017

Cazafantasmas 2. (Ivan Reitman, 1989)

No es que me haya empeñado en desatar una cruzada contra esta franquicia, pero lamentablemente un trozo de mi infancia ha muerto con el revisionado. Si la primera parte me resultó más apreciable por la conjunción de talentos pasándoselo bien que por su calidad cinematográfica, y el reboot me resultó simpática pero muy limitada, esta secuela me parece un estiramiento de chicle torpe que tira por el lado cómodo de la inercia en vez de proponer algo nuevo. 

Atención porque el lado cómico del asunto comienza con una supuesta escena chistosa en la que dos de los cazafantasmas ahora hacen de payasos de cumpleaños infantiles. ¿Los cazafantasmas han dejado de cazar fantasmas, y para ilustrar la penosa situación en la que se encuentran no se les ocurrió nada mejor? Una película que ya en su comienzo tiene muy poca energía. Diré algo a su favor: se puede ver con el cerebro apagado y tiene algunos momentos que sí hacen gracia. Pocos, pero los tiene. Y la escena en los juzgados es rescatable. Pero durante la mayor parte del metraje da la sensación de que los encargados de llevarla a cabo están explotando un contrato comercial más que dándole cariño y esfuerzo para sacar adelante un producto digno.

Lo que en la primera parte era camaradería entre el grupo de actores, ahora parece monótono y aburrido. Ni siquiera Bill Murray parece encajar en una fiesta que huele a invitados forzados a asistir y a VHS desgastado. Una película que intenta ser más cómica y terrorífica que la anterior sin lograrlo, y con una pesada carga propia de la época de la que es hija, la transición entre los 80 y los 90, en la que muchos creativos audiovisuales tenían un montón de cosas nuevas e innovadoras a su alcance, pero no sabían muy bien qué hacer con ellas.


Se equivoca al intentar darle mayor seriedad al argumento, las caras de malo del villano son chiste sin pretenderlo, el esbirro humano del villano es insufrible, meter un bebé como elemento vulnerable facilita momentos muy ñoños, y para remate ocurren cosas fantásticas sin un mínimo de esfuerzo por explicarlas, y pasan porque sí. Con una fórmula que se agota demasiado rápido, 'Cazafantasmas 2' tiene todo lo malo del dicho "segundas partes no son buenas".

4/10


miércoles, 19 de abril de 2017

Cazafantasmas. (Paul Feig, 2016)

Tengo una noticia, no sé si buena o mala: no es peor que la original a la que hace las veces de remake o reboot. Le he encontrado más gracia, menos originalidad, más enérgica, menos ingeniosa, más consciente de sí misma y menos carismática. Tiene el mismo humor tonto que aquella, más actualizado evidentemente, y las chicas se lo pasan muy bien, forman un equipo que da tan buen rollo como el de la tropa de Bill Murray, y saben perfectamente a lo que están jugando.

La película hay que tomársela como lo que es: un producto desechable, una oda a la inmadurez, que de vez en cuando hace gracia y de vez en cuando da algo de vergüenza ajena. Vamos, es que en ese sentido no se desmarca en absoluto de la de 1984 (que la nostalgia no os impida ver el bosque, que aquella brillaba más por la reunión de talentos que por su calidad fílmica). A favor de esta, tiene un toque desafiante y no se reprime a la hora de lanzar algún dardo envenenado con dosis letal hacia la cultura masculina. Es en ese terreno donde más congenio con ella, me gusta la propuesta, aunque por ser puntilloso hubiera sido la caña que los mandos de dirección y guión estuviesen también en manos de una mujer. 

Pero tampoco voy a tirar cohetes, no me he vuelto loco. Es una película limitada, me da la sensación de que Melissa McCarthy intenta ser graciosa de forma forzada y que no está a la altura del resto de sus compañeras (Kate McKinnon es un portento de la naturaleza y sales queriendo ser como ella), y no deja de ser una copia con cambios para disimular. No es una película que me de razones ni para querer volver a verla de forma voluntaria, ni para odiarla tanto como para no dejarla puesta si alguna vez vuelvo a tropezarme con ella. 


Y bueno, si alguien sigue creyendo que esta película es un atentado a su infancia, que revise su infancia, que quizá no es tan perfecta como la recuerda. Os asombraría la de películas a las que guardamos cariño que se caen por su propio peso al volver a verlas en la actualidad. 'Los cazafantasmas' es una de ella, y esta actualización simplemente le hace justicia, sin mejorarla y sin empeorarla. Tal cual. 

5,5/10 


miércoles, 5 de abril de 2017

Los cazafantasmas. (Ivan Reitman, 1984)

Voy a romperos el corazón: está mitificada hasta el extremo. Que yo también soy culpable de haberla puesto en un pedestal que tras la reciente revisión se ha tambaleado tan fuerte que ha caído por su propio peso. Hay más imaginería popular y márketing en ella que una historia o unos personajes realmente interesantes, y el humor que destila no es tan bueno como recordaba. Y la culpa no es que sea hija de su época. Es un claro caso de que o yo he madurado, o ella ha envejecido.

Lo primero que acuso es que resulta ser una sucesión de momentos y situaciones con cierta gracia, pero que la mayoría no forman parte del puzzle que se supone que una narración continua debería ser, sino que están metidos solo para completar algo más de hora y media de metraje repleto de ideas dispersas y que no logran solidez. Es una película de amiguetes divirtiéndose con el juguete que tienen entre manos, que no se han leído el manual de instrucciones por lo entusiasmados que están con él y que tienen unas prisas y ganas enormes de disfrutar de él lo antes posible. Y claro, se queda en un simple divertimento inocente que se olvida de ser ingenioso. Aparte de que el tercer acto al que se llega a través de demasiadas curvas se queda en un procedimiento rutinario y resuelto de forma rápida y sin incertidumbre.

Y los actores caen bien, se divierten en el proceso, pero me da por saco notar que Bill Murray vaya de tío guay intentando acaparar la mayor parte de la atención. Y Sigourney Weaver, la puñetera Ripley, la puta ama que se enfrentaba a Alien, queda relegada a un papel de consuelo sexual y damisela en apuros. Ella tiene demasiado carácter y porte para el personaje que se le encomienda. Es más, creo que el único actor de la película que cumple a rajatabla mediante profesionalidad cómica es Rick Moranis, que sabe que su personaje es patético, y lo lleva con perfecta dignidad, sin intentar atribuirse más carga de la que se le encomienda. 


Qué malo es revisionar clásicos que admirabas durante tus años de la infancia y juventud, para luego darte cuenta de que no son para tanto. Es que la caída ha sido tan rotunda que no he conseguido reirme en ningún momento. Hay más nostalgia que calidad cinematográfica en ella. Eso sí, la puñetera banda sonora es pegadiza y no se te quita de la cabeza ni a martillazos. 

5,5/10


viernes, 17 de marzo de 2017

Team America (Trey Parker, 2004)

Es curioso cómo hay películas que con el paso del tiempo pierden fuelle. Es el caso. Lo que hace una década me hizo gracia, ahora me resulta bastante pueril, los chistes y bromas se quedan en la intentona de resultar escandalosos, y tampoco es que logre sacudirme la conciencia con su sarcástica brutalidad.

O he sido yo el que ha madurado, o es la película la que ha envejecido de pena. Y me decanto más bien por lo segundo, porque a mí me sigue haciendo gracia el tipo de humor negro, bestia y tontorrón que destila la película. Pero cuando se usa bien. Lo que he apreciado en esta revisión es una sucesión de anécdotas graciosas con un tono muy idiota, el cual va in crescendo tratando de superarse constantemente. Y utilizar marionetas como método de animación es incluso un chiste en sí mismo. Pero termina resultando como esos tíos pesados que conoces en una noche de borrachera en cualquier sitio, que se arriman a ti e intentan convertirse en tu mejor amigo a base de hacer chistes de cualquier cosa. El resultado termina acercándose a lo patético.

Que sí, hay dos o tres momentos en los que me entra la risa. Esto es como cuando yo me pongo a intentar encestar en una canasta sin tener nada de técnica en el baloncesto: si me tiro dos horas haciéndolo, alguna cuela. Y que no es una comedia de segundo visionado. Seré explícito: ver follar a dos marionetas en todas las posturas imaginables choca la primera vez. Cuando te sabes la jugada, pierde su gracia. Y la supuesta crítica que realiza de forma cínica se queda desinflada, aunque el escupitajo al gremio de actores y artistas por su postureo político es lo que más da de sí en ella. Así que la trascendencia de la película es bastante nula, y eso que en su momento parecía tener ingredientes para sobrevivir. South Park, que también es de Trey Parker, sale mucho más airosa en ese aspecto utilizando el mismo humor zafio y grosero.


Una sátira que ataca a todo lo que pilla por delante: a América (la de verdad, la del norte quitando Canadá), a belicismo descontrolado, al cine de acción desbordada, al ya mencionado gremio de actores, a Bush, a los franceses, a los islamistas, a los musicales. Pero es un ataque tan inofensivo como el berrinche de un niño de cinco años. Quien la disfrutara en su momento, que se aleje de ella si quiere conservar un buen recuerdo. 

4/10