miércoles, 5 de abril de 2017

Los cazafantasmas. (Ivan Reitman, 1984)

Voy a romperos el corazón: está mitificada hasta el extremo. Que yo también soy culpable de haberla puesto en un pedestal que tras la reciente revisión se ha tambaleado tan fuerte que ha caído por su propio peso. Hay más imaginería popular y márketing en ella que una historia o unos personajes realmente interesantes, y el humor que destila no es tan bueno como recordaba. Y la culpa no es que sea hija de su época. Es un claro caso de que o yo he madurado, o ella ha envejecido.

Lo primero que acuso es que resulta ser una sucesión de momentos y situaciones con cierta gracia, pero que la mayoría no forman parte del puzzle que se supone que una narración continua debería ser, sino que están metidos solo para completar algo más de hora y media de metraje repleto de ideas dispersas y que no logran solidez. Es una película de amiguetes divirtiéndose con el juguete que tienen entre manos, que no se han leído el manual de instrucciones por lo entusiasmados que están con él y que tienen unas prisas y ganas enormes de disfrutar de él lo antes posible. Y claro, se queda en un simple divertimento inocente que se olvida de ser ingenioso. Aparte de que el tercer acto al que se llega a través de demasiadas curvas se queda en un procedimiento rutinario y resuelto de forma rápida y sin incertidumbre.

Y los actores caen bien, se divierten en el proceso, pero me da por saco notar que Bill Murray vaya de tío guay intentando acaparar la mayor parte de la atención. Y Sigourney Weaver, la puñetera Ripley, la puta ama que se enfrentaba a Alien, queda relegada a un papel de consuelo sexual y damisela en apuros. Ella tiene demasiado carácter y porte para el personaje que se le encomienda. Es más, creo que el único actor de la película que cumple a rajatabla mediante profesionalidad cómica es Rick Moranis, que sabe que su personaje es patético, y lo lleva con perfecta dignidad, sin intentar atribuirse más carga de la que se le encomienda. 


Qué malo es revisionar clásicos que admirabas durante tus años de la infancia y juventud, para luego darte cuenta de que no son para tanto. Es que la caída ha sido tan rotunda que no he conseguido reirme en ningún momento. Hay más nostalgia que calidad cinematográfica en ella. Eso sí, la puñetera banda sonora es pegadiza y no se te quita de la cabeza ni a martillazos. 

5,5/10


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