Un enorme drama que empuja la tristeza, la culpa, la soledad y la depresión a un terreno cruel y virulento que limita con la hilaridad. La perspectiva de los acontecimientos desde los ojos de quien no tiene nada por lo que vivir, de quien lo ha perdido todo y navega sin rumbo, torna el mundo que le rodea como una broma, como un largo chiste sin gracia, y centra la atención en su batalla diaria con su aflicción y por procurar que no salpique a nadie más que a él. Hasta que su bomba interior estalla, claro. No es que las tragedias que le suceden a Lee Chandler, personaje interpretado con contención y lucidez por Casey Affleck. le pasen desapercibidas o le den igual. Les da la importancia que se merecen, en silencio, porque él se mueve en la línea de la resignación, se ha acostumbrado tanto a estar deprimido que se mueve en ese lugar emocional como si fuera su propia casa.
'Manchester by the sea' habla sobre la necesidad de ser olvidado, de protegerse frente a las decepciones y el dolor, de haber perdido el amor y que nadie pueda volver a encender lo que ya se apagó hace tiempo. Habla de la huella y de las cicatrices que te dejan las personas que pasan por tu vida. Por eso la película es tan cruel, porque te lleva al absurdo, al cinismo y a la ironía, incluso a la carcajada, a través de momentos trágicos y demoledores. Circunstancias que llegan a su máxima evidencia cuando a Lee se le presenta la oportunidad de volver a empezar, cuando se le abre de nuevo la puerta de la vida y de dejar de ser un fantasma, cuando debe dar un paso atrás al verse obligado a cuidar temporalmente de su sobrino, personaje que debe dar un paso adelante hacia la madurez. El encontronazo les lleva a un camino de expiación, de apartar la tortura autoimpuesta, y de entenderse mutuamente.
Resulta inquietante las pocas lágrimas que hay durante gran parte de la película. Los personajes apenas tienen conversaciones significantes, se limitan a hacer preguntas obvias, a afirmar, a frases ocurrentes o ceremoniales. Es una película que dice más con lo que calla que con lo que habla. Los sentimientos están demasiado interiorizados, fingiendo que no existen. Ayuda a esa comprensión de tapar la tristeza los puntuales flashbacks del pasado feliz, donde las relaciones y las palabras tenían sentido.
El colofón es la invisible dirección, que quizá sea el mejor calificativo que le pueda dar, que apenas se note la mano de Kenneth Lonergan, a favor del magnífico guión. La trama avanza junto a la desesperación de sus personajes, junto a la gravedad de sus emociones, y lo hace de manera humana y sencilla. Una película de contrastes, de destellos luminosos en medio de la oscuridad más hostil, de querer hacer lo correcto aún luchando contra el infierno privado de cada uno.
8,25/10



